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En esos días, los skaters tenían un aspecto similar al de los hippies. Usaban el pelo largo y poleras con shorts de colores similares a los de los surfistas californianos.
En los 80, las tablas, los trucks y las ruedas del skateboard se importaban desde Estados Unidos. Surgieron las tablas de fibra de vidrio que se vendían incluso en los supermercados.
Con la crisis económica de 1981 se cerró el skatepark de Las Condes. Sus "viudos" entonces comenzaron a practicar en rampas construidas por grupos de amigos o a deslizarse, temerariamente, en las bajadas del barrio Santa María de Manquehue (Vitacura), por La Rampa de Las Flores (Apoquindo) o en La Pirámide. Algunos se acostaban sobre la tabla, otros, descendían incluso haciendo la invertida. En medio de algunas cervezas, la música que identificó a estos adolescentes agresivos sobre ruedas fue la de grupos como The Ramones, Manor Threat, Black Sabbath y Pink Floyd.
Hacia 1984, los skaters desparecieron. Una que otra vez se encontraba alguno deslizándose en un estacionamiento de supermercado o de un mall del barrio alto.
En 1986, tímidamente, tras una moda llegada desde Estados Unidos, el skateboard comenzó a salir a las calles de este país. El estilo "street" (calle) llegó para quedarse. Estos fueron los skaters new wave que en sus modas tendieron también hacia el estilo punk y el hardcore. Los distinguieron sus zapatillas de cuero de caña alta, el pelo corto y peinado con gel hacia arriba y las calaveras en los diseños de sus poleras.
Skateboard en Chile
Su vida comienza y termina sobre una tabla con ruedas. El cemento, la vida urbana, las escaleras, los estacionamientos, las esquinas y las barandas son su hábitat natural. Algunos pasan más de 4 horas al día sobre el skateboard. Muchos lo usan como medio de locomoción. Los que viven en La Dehesa llegan hasta el Parque Bustamante en su tabla. Los del centro ascienden hasta Providencia y Vitacura en busca de asfaltos menos resquebrajados y con menos hoyos para practicar sus trucos.
Practicar skateboard no es económico, pero de algún modo los chicos de Lo Barnechea, Providencia, Ñuñoa e, incluso, de La Pintana se las ingenian con más o menos pesos para tener su tabla, que, si utilizan mucho, puede llegar a durarles apenas un mes. Cada tabla cuesta entre 20 y 35.000 pesos. Las ruedas valen entre 11.000 y 18.000 pesos y el truck donde se adosan a la tabla entre 23 y 25.000 pesos. Los rodamientos también se compran aparte y cuestan entre 8 y 15.000 pesos.
Estos chicos no usan ni cascos, ni rodilleras. Son osados y sus límites los pone sólo el dolor o una estadía en la Unidad de Cuidados Intensivos de algún hospital cercano que los recibe con quebraduras en el mentón, dedos o piernas o, incluso, con algún tec cerrado.
Los padres sufren. Esa maldita tabla les roba horas de estudio, los hace permanecer demasiadas horas en la calle haciendo quién sabe qué, los lleva a juntarse con chicos desconocidos de todos los sectores sociales y mundos del Gran Santiago, y, para colmo, viven con el terror oculto de que un día cualquiera los llamen por teléfono avisándoles que su hijo yace con la cabeza partida sobre el caliente pavimento de la ciudad.



